sábado, 7 de marzo de 2009

¡ Ay...qué tristura!




Pronto podría cumplir tres años.

Hace ese tiempo planté el brote de un tejo. Llevaba tiempo observando el divino ejemplar y escudriñando a su alrededor buscando la oportunidad. Un día, por fin, en torno a su tronco alcancé a ver que asomaba un diminuto brote y no lo dudé. Lo recogí con esmero y lo planté en una maceta para tenerlo cerca y poder proporcionarle todos los cuidados que precisaba. Y él respondió a mi demanda dejándose querer.

Desde el principio fui consciente de que aquel tejo no era de mi propiedad. No podría disfrutar, ni siquiera en su contemplación, de su espléndida madurez. Más temprano que tarde acabaría por devolverlo a su medio. Los tejos son de crecimiento muy lento y sólo si yo viviera cien años podría verlo lucir espléndido, dándose la paradoja de que a esa edad no estaría yo ya para disfrutarlo. Por lo que sólamente aspiraba a observarlo día a día…a cuidarlo y que me albergase bajo sus incipientes ramas…a mimarlo y dejar que se desarrollase lenta pero cálidamente entre los fríos días de mi invierno personal, proporcionándome el calor necesario para avivar el fuego que mantenía en ascuas en mi interior, y revivir al amparo del verdor que en todo momento me ofrecía. Y aquello fue tomando forma.

Cada día me quedaba contemplándolo embebida. Se ramificaba, disponiéndose las ramas de forma equilibrada y alargándose lo justo para darle proporción al conjunto componiendo una hermosa copa. El tronco iba engrosando en la misma medida. Llegó a alcanzar una altura y madurez que satisfacían mis limitados deseos. La progresión permitía lograr un pequeño pero hermoso ejemplar de cuya presencia yo podía disfrutar en mis años maduros. Me sentía feliz…

Sin embargo , debido tal vez a este inusitado y crudo periodo invernal que venimos padeciendo ya desde avanzado el otoño, empecé a percibir, poco a poco, un declive progresivo en lo que consideraba , en parte, una obra de mi cosecha. Yo lo miraba a diario y le hablaba. A veces en silencio. Recordaba cómo mi abuela incorporó la autoestima a mi persona cuando apenas empezaba yo a crecer, y repetía la misma letanía: le sonreía en silecio trasmitiéndole con la mirada cuánto le quería, le decía lo bonito que estaba y cómo él era el más bello entre todas las plantas del entorno... cómo lucía sus discretos encantos sobresaliendo sin pretenderlo…Pero el declive continuaba. Las heladas, las sucesivas nevadas no deberían ser causa de su abatimiento. Debería estar preparado para soportarlas. Tengo la impresión de que no supo interpretar mis mensajes, envueltos en palabras o en elocuentes silencios, y el calor no le llegó. Tal vez no es fácil la comunicación entre seres tan distintos...O simplemente lo alcanzó el cansancio.

Si no despunta pronto el sol primaveral acabará por desvanecerse, apagándose del todo. Y yo tendré que buscar un nuevo brote a la sombra del grandioso tejo que me procuró la savia anterior. La necesito para acabar con la murria.


(Karen Dinesen)

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Plas, plas, plas.

Karen Dinesen dijo...

Breve aplauso. Supongo que no te satisfizo y por educación no me envías pitidos, limitándote a cumplir. Gracias de todas formas.

Karen Dinesen dijo...

¡Ah, no! Es un aplauso cargado de ironía! Quieres decir que interpretaste adecuadamente...
¿Otra cosa...?

miner dijo...

Mira, lo que le pasó al tu texu, fue que pensó, vaya plan de vida, faceme centenario pa dar sólo fuella. Y además no se si los sabrás pero la fruta del Texu ye venenosa.
Cuenta alguna leyenda que los caballos que llevaban les carroces con los féretros de los muertos a les capilles donde se hacien los funerales. Que mientras afumaben al difuntu ellos comiendo la fruta del texu palmabenla también.
Bueno así hacien dos funerales por el precio de uno.
Muy guapo lo que contaste en esti escrito.

Nely dijo...

Tu savia te hace sabia, me lo transmites en cada texto, en cada palabra tomada y expuesta con amor. Como tu sólo sabes hacer las cosas.

Gracias, amiga.

Bely dijo...

Oye que Nely, no que soy Bely, es que se me liaron los dedos.

Karen Dinesen dijo...

¡¡¡Gracies a los dos, Miner y Bely, por venir!!!

Miner no sabía la historia de los caballos. Pero del frutu del texu, parez que lo venenoso ye la pepita, el huesu. ..la pulpa ye comestible, creo. Tú por si acasu mejor no lo pruebes.

Bely, pero ¡qué agradecidos sois los dos!

Sois buena gente!
Saludinos

miner dijo...

Bueno si la "Pepita" está buena a lo mejor vale la pena arriesgarse.

Karen Dinesen dijo...

Hicísteme reir otra vez, Miner. Esto ye salud. Salud pa ti también