lunes, 28 de diciembre de 2009

PARADOJAS DEL SISTEMA ...¿o será un chiste?


“¡Cómo puede ser que te caiga bien un Banco?”


La frase no es mía aunque pueda parecerlo. Seguramente se le ocurrió a algún genial publicista y la puso en boca de la mujer a la que acabo de oír, que no ver, en un anuncio en T.V.


¿Se preguntan qué es lo que trataba de publicitar de forma encomiable tan sorprendida señora o señorita?...Han acertado. Se trata de reconocer el valor, la utilidad y la simpatía que despierta, paradójicamente a juzgar por la expresión, una Entidad Bancaria. Sí señor. A esto los “prosistema” lo llaman capacidad de autocrítica. Yo simplemente lo llamo tomadura de pelo del propio sistema. Falta de respeto a la inteligencia de unos usando la inteligencia de otros. Pero probablemente la inmensa mayoría lo encontrarán divertido. Los más porque no se enteran. Los menos porque su intelecto les sugiere acertadamente que ante la impotencia lo más sano es echarle sentido del humor. Y esto parece acertado ¡Así que a ello! ”Si no puedes contra tu enemigo, únete a él”.


Pero esto ¿no refuerza el sistema que critico?... Uff!! ¡Qué días llevo!...
Necesito una zambomba y darle al villancico…


Karen Dinesen

domingo, 27 de diciembre de 2009

TU SUEÑO, POR UN DÍA, HECHO REALIDAD


¿Cuál sueño...? ¡¡ Pues cual va a ser!!..¡¡ Ser millonario!! ¿¿Es que hay otro??

Que sí. Que hace apenas una hora lo escuché en el informativo de TVE. Que no debe producirnos inquietud alguna el hecho de no ser millonarios. ¡Toma ya! ¡Mira que tiene sustancia la enunciativa, eh? Ser millonario. Aspiración legítima hasta ahora. Y a partir de ya, objetivo normal para el común de los mortales. Como ser bombero, cura o veterinario. Que esto además rima. Y si me apuras, prioritario (que también rima) en el marco del conjunto de las aspiraciones…


Pero como en la Tele hay profesionales que saben de contabilidad y esas cosas, ya se han dado cuenta de que todos, todos, todos…pues que no. Que no hay saldo para tanto. Y entonces se sienten en la obligación de restarnos el desasosiego que esta frustración puede provocarnos y nos ponen al corriente de cómo alcanzar la cima transitoriamente:” Puede usted ser millonario por un día”. Segunda enunciativa sin desperdicio. Y nos echan un cable para poder hacer la escalada informándonos sobre los negocios que, a día de hoy, pueden colaborar a lograr hacer cumbre.


Los amantes del automóvil pueden disfrutar toda una noche del sueño de su vida: conducir un lamborghini. Y hay más, oigan: que nos ofrecen ropa exclusiva de diseñadores exclusivos, de esa que desfila en las pasarelas, por un módico precio. Dispone usted de 140 euros y puede sentirse y lucir en Nochevieja como Nicole Kidman o Jennifer López. Ejemplos que no me invento yo. Que se lo escuché decir a una mujer joven enfundada en uno de estos exóticos vestidos. Y ni se sonrojaba ni sonreía. Lo decía con toda la seriedad y el rigor que parece que exige la situación. Aunque a mí me parezca un chiste, un disparate o una inocentada.


Pero es que yo ya estoy para compartir psiquiátrico con Susanna Maiolo… Que la mujer tan sólo aspiraba a tocar la túnica del Pontífice Benedicto, en el ánimo de materializar el deseo común a los miles de asistentes a la Misa de Gallo en el Vaticano. Pero le costó su empeño la reclusión en un psiquiátrico, dado que se le apreciaron “problemas psíquicos” y “pensamiento inestable”...Al resto de los asistentes a la Misa no se les advirtió signo alguno. Yo creo que ella sólo quería estar lo más cerca posible de su guía espiritual. Pero materializar los deseos tiene su coste...Podrían instaurarse negocios que facilitasen el acercamiento al Papa por un módico precio y de forma organizada. "Entre en contacto por un instante".


Jesús les pedía a sus discípulos que dejaran a los niños acercarse. Susanna, a juzgar por los hechos, disfruta de la inocencia, la candidez y la impulsividad de una adolescente. Pero seguramente no cayó en la cuenta de que Jesús entró en Jerusalén a lomos de una burra en busca del martirio. Benedicto huye del mismo a bordo de un blindado. Uff! Hoy no tengo el día para reflexiones. Estoy totalmente fuera de juego.


Espero y deseo que tengáis mejor ánimo que la que suscribe. Felices sueños
Karen Dinesen

sábado, 26 de diciembre de 2009

NIEVA...




Es su belleza fría y seductora.
Cae con ella el telón, y el escenario
se esfuma en un instante extraordinario.
Cegado el aire por los copos, llora.

Su llanto blanco tiñe y decolora.
Torna el azul del cielo en gris palmario.
También es gris el aire, y el rosario
de ocres en la vereda ya no aflora.

Sólo un velo, que apenas luz difunde,
deja ver lo inmediato en el camino.
Una piedra que asoma…Un pie se hunde…

Y puñados de nieve que en racimo
cubren las hojas con las que se funden
sobre el enramado. Trama de armiño.


Karen Dinesen

miércoles, 23 de diciembre de 2009

NOCHEBUENA DE MI INFANCIA


En la calle, ni luces ni guirnaldas.
Ni cantos ni abetos engalanados.
Ni del balcón los Santa Claus colgados.
Un belén con musgo y papel de plata.

Ni copiosas comidas. Un asado
de pollo, un turrón, unas cocadas...
piñones y almendras garrapiñadas.
Y de entrante una sopa de pescado.

No faltaba la sidra achampanada.
Burbujas de ilusión y alegres risas.
Villancicos, relatos, carcajadas…

con todos los vecinos compartidas.
Horas risueñas en las madrugadas.
Navidades felices y sin prisas.


Karen Dinesen


P. D. No había Tele y la abundancia material no era la tónica… ¡Esa era la suerte!Paradojas de la vida!
Que disfrutéis de unas fiestas en esencia...Para los creyentes rememorando la natividad de Jesús.Para los no creyentes renovando o recuperando la esperanza en el nacimiento de un nuevo año.Que casi viene a ser lo mismo...



lunes, 21 de diciembre de 2009

SOLSTICIO DE INVIERNO

Invierno…
Querido por unos, temido por otros…
Has hecho una entrada triunfal. Yo estoy entre los privilegiados que pueden permitirse el lujo de darte la bienvenida. Tu presencia me permite gozar del recogimiento… del calor del hogar… de contemplar tu imponente presencia a través de los cristales de la ventana…de hundir mis botas en la nieve que anuncia tu llegada en un día soleado abrigada hasta los dientes…Por eso puedo darme el gusto de hacerte un hueco…Pero prométeme a cambio que no me congelarás el alma…no sé en qué parte de mi entraña fija su residencia y la ignorancia de su escondite me impide ponerle el abrigo.
Karen Dinesen

sábado, 19 de diciembre de 2009

EL VERANO VA TOCANDO A SU FIN


Sentada en la acera, a la luz de la farola, contemplaba el revoloteo de las polillas y la cantidad de mosquitos que se concentraban en torno a la misma y cuyo halo permitía hacerlos visibles en la oscuridad de aquella noche de verano mientras mis amigos de calle jugaban al bote.


Se fue mi pensamiento unos días atrás cuando mi abuela y yo acudimos a ver un espectáculo nocturno de comedias al aire libre. Era entonces frecuente que durante el periodo veraniego llegasen al pueblo carromatos de comediantes que ofrecían su magia, sus bailes, sus chistes y canciones , llegada la noche, en la Plaza de Carlos I situada en el centro de la villa. Como no había asientos era necesario llevar las sillas de casa. Mi abuela tenía una pequeña silla, para ocasiones como ésta, de patas cortas, amplio asiento y alto respaldo que le había hecho mi padre. Fue también mi padre quien le hizo el reclinatorio que tenía en la Iglesia, forrado en terciopelo verde por la parte destinada a apoyar las rodillas, y con las iniciales de su nombre, formadas con chinchetas doradas, en la parte superior dónde se supone se apoyaban las manos con los dedos entrecruzados, con rosario o sin él, en actitud orante. Pues bien. El reclinatorio tenía el sitio acotado siempre en el mismo lugar y en el mismo espacio: la iglesia de la Oliva. Pero la silla de cortas patas y elevado respaldo tenía una función multiuso: para sentarse con Wences bajo el nogal a hacer ganchillo, por ejemplo. Escuchar el Sermón del Encuentro en Semana Santa. O, como es el caso, permitirle ver relajadamente lo que los comediantes de turno quisieran ofrecernos, mientras yo me sentaba a su lado en el suelo o en su regazo a ratos.

La última y reciente noche habíamos podido contemplar las múltiples y maravillosas evoluciones de una pareja de tanguistas. Yo me había quedado encandilada con sus bailes y la música que los acompañaba, reconociendo en ella algunas de las canciones que Bareto entonaba mientras se afeitaba.


¡Bote! Este grito emitido por Jesús me sacó entonces de mi ensimismamiento y poco después mi abuela se asomaba a la ventana para recordarme que era ya la hora de la retirada.


Agosto se agostaba y el inicio de Setiembre estaba a la vuelta de la esquina. Y, aunque el Colegio no comenzaba entonces hasta Octubre, los días más cortos, la luz menos cálida , las mañanas más frescas y la proximidad de las fiestas del pueblo que daban el cierre al verano hacían de este último mes estival un periodo en el que la melancolía comenzaba a hacer su presencia, acentuada por mi tendencia a anticipar y hacer presente el futuro, en este caso no muy excitante, como era la vuelta al Colegio. Con esta idea subía la escalera intentando darle un giro a la última idea anclada en la mente. Pensaba en el cuento que me esperaba en la cama e iba diluyéndose el gris.

Aún quedaban las fiestas, que en mi pueblo daban el cierre a la temporada de verano. Los caballitos, los churros de la churrería ambulante de Gloria, las almendras garrapiñadas…hasta podría caer algún juguete de feria. Recuerdo una pelota, pequeña, de plástico, segmentada y pintada a dos colores que llevaba enganchada una goma elástica de unos cincuenta o sesenta centímetros. La elasticidad de la goma a la que estaba sujeta y la ligereza de la propia pelota, permitía lanzarla sin que se escapase, anudada la goma en el dedo medio de mi mano derecha, y volviendo a la mano para repetir la operación lanzándola de nuevo. Era una adquisición a la que mi abuela habría transigido después de dejarse convencer por Bareto.


Además, durante los días que duraban las fiestas, salíamos a tomar el vermú acomodados en alguna de las terrazas de los bares de la plaza del Ayuntamiento mientras escuchábamos a la Banda Municipal interpretar su repertorio festivo. Yo apuraba mi refresco con una pajita y entretanto mi abuela y mi abuelo se tomaban un vermú de verdad. Con aceituna y todo. Bueno, a mi abuela uno entero debía parecerle demasiado y ella pedía medio. Medio vermú de color. Porque ahora el vermú es rojo o blanco. Pero entonces era blanco o “de color”. En el colegio tampoco le llamábamos rojo al rojo. Decíamos colorado. Y Caperucita era Caperucita Encarnada. Que mira tú si lo de encarnada no suena más a Encarna o a carne que a rojo. Pero lo cierto es que yo del rojo sólo oía hablar en casa. De hecho nosotros éramos todos “rojos”. Eso decía mi abuela. Y a mi abuelo le habían fusilado por rojo. Pero en ese momento el rojo parecía haber desaparecido de la faz de la tierra. Y por eso el vermú era “de color”.


Y cada tarde tenía su aliciente. Recuerdo de forma especial la carrera de ciclistas que tenía lugar el martes. Era un circuito cerrado el que realizaban los ciclistas y se clasificaban por eliminatoria. Es decir. El último que pasase por la línea de meta en cada una de las vueltas iba siendo eliminado. De forma que cada vez quedaban menos y la última vuelta se la disputaban sólo dos. Uno de ellos sería el vencedor. Era francamente emocionante. Además en mi caso tenía un aliciente añadido. La meta estaba situada justo delante de la oficina de Telégrafos en la que mi tío desempeñaba su trabajo a diario. Así que teníamos el privilegio de poder ver todo el desarrollo de la vuelta desde uno de aquellos balcones de piedra arenisca con barrotes torneados que traían a mi abuela a malvivir. Cada vez que yo acompañaba a mi tío en ocasiones como ésta, o alguna mañana de verano en la que compartía tiempo y espacio con él mientras yo leía o escribía y él hacía lo mismo esperando oír sonar el teletipo, oía la misma recomendación una y otra vez de boca de mi abuela. Temía que yo metiese la cabeza entre los barrotes. No nos dabatregua a mi tío y a mí con la misma cantinela que nos martilleaba en los oídos. Sufría pensando en los barrotes preciosamente torneados de aquellos amplios balcones. Yo no necesitaba que me dijeran las cosas dos veces. Con una bastaba para realizar la orden a pies juntillas. Pero eso no me impedía seguir con emoción la carrera de los martes de fiesta. El miércoles era el último día. Y con él llegaban las carrozas. No perdía ocasión mi abuela de hacerme lucir en una de ellas. Siempre se las arreglaba para ello de modo y manera que pudiera obtener una foto para enviar a mis padres. Por la parte de atrás de la fotografía, ella escribía lo orgullosa que yo me sentía en mi papel, cuando en realidad el orgullo era el que ella proyectaba en mi personilla que seguía fielmente las indicaciones de quien era la abuela más maravillosa del mundo.


Después de las fiestas, el pueblo quedaba abatido, desolado. Parecía que hubiese pasado el caballo de Atila. Daba una imagen de lugar sin gentes…de viviendas vacías…Por las mañanas había más movimiento en las calles. Pero en la tarde el pueblo parecía abandonado. El signo más claro del verano, la presencia del carro de los helados estacionado en una esquina de la plaza del Ayuntamiento después del recorrido diario callejero, había desaparecido. No volvería hasta el próximo verano.


Octubre, el otoño, el comienzo de las clases y la melancolía me esperaban a la vuelta de la esquina…

Karen Dinesen

Foto extraída de:www.andaluciaimagen.com/fotos-atracciones-de-feria



miércoles, 16 de diciembre de 2009

LA SOLEDAD


Se instala, y una vez más, sin aviso.
Su astucia me sorprende despistada.
La noto cuando el alma siento helada.
Y preciso calor… Y está remiso…

Derriba mis linderos a patadas
si vislumbra que puede. Sin permiso.
Indolente el ánimo, gris, sumiso,
parece darle opciones a la nada.

Debo armarme de rabia. Y así armada
hacer frente a tan sutil enemigo.
Si me intuye feliz y afortunada,

cuando percibe que sin guardia abrigo,
un zarpazo me da envalentonada.
Pues no sospecha que yo estoy conmigo...


Karen Dinesen

martes, 15 de diciembre de 2009

NO SON FORMAS, LA VERDAD...


Pues no. Porque Il Cavaliere se merece mucho más que una simple réplica de la Catedral de Milán. El Duomo al natural y al completo sería lo justo.

Porque un hombre que fue propuesto para Nobel de la Paz, después de arreglar el tinglado que Rusia tenía con Georgia, que tiene como íntimo amigo a Putin, que mira que es majo…se merece un reconocimiento a lo grande. Tanto como lo es su imperio mediático por lo menos. Que durante sus años de gobierno no sólo era dueño de lo suyo, suyo…que también lo fue de lo de los italianos. Y bien que lo administró. Lo que pasa que la envidia, ya lo decía mi abuela, es el mayor de los males. Y claro, pues ahora dicen que si lo del Nobel era para hacerle un lavado de cara porque se trae a las italianas de calle. ¡Pues qué culpa tiene de ser un hombre con esa capacidad de seducción! ¡Qué tendrá que ver que posea la mayor empresa publicitaria de Italia! ¡Cómo si esto, las televisiones y la prensa tuvieran algún poder…¡ Ya, ya! Que para librarse de la persecución tuvo que legislar y todo. ¡Menos mal que pudo hacerse una ley a su medida para blindarse, oiga! Que tenía procesos judiciales abiertos contra su persona!! ¡¡Cómo lo oyen!! Y es que, permítanme que insista, la envidia es la madre de todos los males.

Berlusconi procede de una digna familia, cuyo padre trabajó lo indecible asumiendo responsabilidades cada vez mayores en la Banca en la que trabajaba. Que decían que si tenía vínculos con la mafia siciliana…Bah! Habladurías…que a los italianos les encanta el cotilleo. Y el mismo Silvio…lo que tendría que sufrir en el trabajo para poder hacer de la suya, la primera fortuna de Italia. Se dice rápido, sí. ¡Pero hay que darle duro!

¿Y el amor por el pueblo?... ¿Qué me dicen? …Que hasta puso su nombre en su partido junto al valor más preciado por Don Berlusconi: “Pueblo de la Libertad”. ¿No es precioso?...Y algunos dicen que la libertad que persigue es la suya y que por eso lo del blindaje; que si tiene un montón de causas abiertas y que está imputado por corrupción. ¡Vamos hombre, seamos serios! ¿De dónde va a sacar el tiempo un hombre con tantas ocupaciones, deberes, responsabilidades…para acudir a un juicio?...Pues no tendrá cosas mejores que hacer un primer ministro, digo yo. Que no se lo merece este trabajador incansable que se hizo a sí mismo. Y la Corte Constitucional va y le invalida el blindaje diciendo que todos los italianos son iguales ante la Ley. ¡Lo que le faltaba al hombre! Pues estos de la Constitucional ya tardaron un poquito en darse cuenta, no? Nada. Que le quieren empalar. Toda una persecución en toda regla a un ser honrado que lucha por la libertad, la igualdad y la fraternidad. Que bien asumidos que tiene Don Silvio los valores de la Revolución Francesa. Él sólo pretendía adaptarlos “a la italiana”. ¿Dónde está el pecado, señor?

Y para remate el intento de mísero homenaje de este muchacho que además le ha roto dos dientes y le ha afectado a la nariz. Una pequeña faena porque Il Cavaliere ya se había hecho unos retoques recientemente. Pero se recuperará. No obstante, insisto. Si alguien quisiera darle el homenaje que se merece. ¡Qué menos que la Catedral de Milán a tamaño real sobre su cabeza! A modo de corona…

Leve peso comparado con el que le viene encima. ¡¡Pobre!! ¡¡Qué pena me da!!

Karen Dinesen

viernes, 11 de diciembre de 2009

GUERRAS JUSTAS


Obama, en su recogida del Nobel, ha defendido las “guerras justas”. Y nos quedamos tan frescos. Una de dos: o yo estoy definitivamente fuera de onda y tengo que empezar a reciclarme (cosa probable) o lo que acaba de decir el Sr. Obama me parece una solemne estupidez. Acostumbrados como estamos a oír las mayores tonterías como verdades absolutas, asumimos la premisa e incluso la defendemos y difundimos.


Cabe la excepción de que el reciente nobel de la Paz esté defendiendo, y no lo haya hecho explícito, la insurrección masiva de los desposeídos de este mundo, seguida de un acto de rapiña en el que a mordiscos se vayan haciendo con parte de las cotas de bienestar de las que disfrutamos algunos en el llamado mundo desarrollado. Esto podría tal vez equilibrar la balanza de la justicia. Yo creo que el problema está en la banda que ciega sus ojos. Los de la Justicia, digo. Si los abriese y comprobase lo que en su nombre se está haciendo nos lanzaría los platillos a la cabeza y nos pondría a vivir a cadenazo limpio.


Porque ¿Qué es una guerra justa?...Yo entiendo que pueda explicarse desde la falta de justicia, e incluso justificarse , una respuesta agresiva por parte de un colectivo que no dispone de otra forma de defenderse de la pretendida inmaculada agresión que les aplasta y les asfixia.

Pero ¿es una guerra justa la que emprendió USA en Irak con el objetivo hipócrita de liberar al pueblo de la tiranía de Sadam?...¿Es justa la guerra que se auspicia en Afganistán aunque la misión de Occidente en ella se vista de Ángeles Custodios?...¿Son justas las múltiples guerras soterradas, inaudibles e invisibles a nuestro conocimiento, que se disputan los poderes repartiéndose a cara o cruz los derechos de quienes viven en la miseria?...¿Qué parámetros o criterios se utilizan para definir una guerra como justa?...¿Quién tiene en sus manos la capacidad para valorarlo?...¿¿¿La ONU???...¡Menudo chiste que haría Forges!


Si analizamos los efectos de una guerra la injusticia campa a sus anchas. Si defino la guerra por sus consecuencias es injusta por pura evidencia y sentido común.

Si entramos a analizar las causas… ¡ajajá! Aquí está el meollo. ¿Quién empezó primero?....TÚ, se dicen los niños mientras se señalan el uno al otro. Y en el supuesto caso que lleguemos a lograr encontrar ( en un proceso minucioso de investigación y análisis en el que se cruzan cientos de cuestiones a considerar) la causa que inició la confrontación, posiblemente el autor de la primera pedrada tenía motivos suficientes para lanzarla. Estaba harto de ser el último mono, el hazmerreír del padrino y sus secuaces, el vapuleado por su debilidad, la diana de todos los dardos, el saco de entrenamiento del campeón de los pesos pesados. Tenía la mano inmovilizada bajo una bota y en el momento en que pudo liberarla, no perdió oportunidad de lanzar la piedra…


Y el de la bota dirá que no le había visto…

Y mentirá con descaro y astucia…Y otras veces tal vez esté diciendo la verdad…


Porque la prepotencia pisa con frecuencia sin mirar dónde pone el pie.


Karen Dinesen

P.D. Pruebo de otra forma por ver si así funciona

http://www.youtube.com/watch?v=SRPJYtJf-3M

miércoles, 9 de diciembre de 2009

GIJÓN


Hoy, 9 de Diciembre, cumple un año éste, mi blog. Yo creo que él, si no fuese tan discreto, que sólo habla bajo mis indicaciones, le dedicaría la entrada de hoy a la ciudad que me acogió y le vio nacer a él. Así que yo, interpretando sus deseos, voy y lo hago.




¡Mmmmmmmmmmmmmmmmmm, Gijón!! Sus calles olían a café, pasteles y a mar.


Esta ciudad, distante apenas unos treinta kilómetros del pueblo, era visitada con frecuencia por mi abuela, Bareto y yo misma.


Mi tío Joaquín se sumaba únicamente en casos especiales como la llegada de mi madre al Puerto de El Musel cuando venía de “campaña” (así llamaba ella a su estancia en el pueblo durante un mes cada dos años)…También mi tío nos acompañaba a mi abuela y a mí el 1 de Noviembre en la visita al cementerio. Por ver y hablar un poco con el abuelo. Y reafirmarse en sus convicciones políticas en el recuerdo. Tenía una foto de mi abuelo enmarcada entre un cristal por delante y un cartón por detrás sujetos los tres planos por una cinta adhesiva de color morado que cerraba alrededor haciendo la función de marco, colgada de una de las paredes de su habitación. Con un lápiz que tenía la mina de color morado y que afilaba con ayuda de una navaja, había escrito con su letra clara y redonda la siguiente frase en el fondo blanco en el que destacaba la imagen de mi joven abuelo: “más vale morir de pie que vivir de rodillas”. Cuando hablo de mi tío me voy inevitablemente con él. Vuelvo a Gijón. Las más fieles y asiduas visitantes éramos mi abuela y yo.


Allí vivía la hermana menor de mi abuela: Carmen. Aunque nos referíamos a ella como la Tata. Ella y su marido no tenían hijos y concentraban en mí todo el cariño que hubiesen dedicado a sus vástagos si éstos se hubieran hecho sitio en el planeta. No fue el caso. Así que la Tata colmaría todos mis deseos infantiles en materia de cosas inútiles si mi abuela no hubiera estado allí para impedirlo.


No obstante, no había viaje a Gijón que no terminase con una visita a la tienda de “Precios Únicos”. Aquello era el paraíso del juguete. Estaba el establecimiento situado en una esquina , cerca de la Playa, en la zona denominada el Naútico. No recuerdo el número de escaparates. Pero eran varios y a mis ojos enormes. No me alcanzaba la vista para ver todo lo que contenían. Todos los elementos expuestos en cada uno de ellos tenían el mismo precio. Los más baratos costaban cinco pesetas y se acumulaban en un orden desordenado en el primer escaparate. En el siguiente podías obtener cualquier pieza por diez pesetas. Lo que ocupaba el tercero, quince. Y así hasta al menos veinticinco pesetas que yo recuerde. Tal vez ese era el tope establecido por mi abuela que insistía con su hermana para que el recorrido de mi vista no pasase del segundo de los escaparates. Desde la visión acertada de mi abuela no había motivo alguno para comprar ningún cachivache más. Una visita a Gijón no constituía acontecimiento extraordinario que justificase la compra de un juguete. Para eso estaban los cumpleaños y los Reyes.


La visita en esta ocasión tenía como objetivo pasar una jornada de asueto mientras aprovechábamos para ver a Bareto que todavía entonces trabajaba en una empresa de Sondeos , visitar a la Tata y dedicar el resto del día a evadirnos con todo lo que la ciudad nos ofrecía.


Habíamos salido muy temprano del pueblo en el autocar de Monestina que una hora después nos permitía apearnos en la Plaza del Carmen. Muy cerca de dónde se ubicaba el Bar Nevada. Así que a eso de las nueve ya entrábamos mi abuela y yo en el establecimiento en el que aún estaba Felipe, uno de los hijos del dueño, dando los últimos retoques en la barra o terminando de echar el serrín que absorbería los restos del escanciado de la sidra sobre el suelo a lo largo del día. Era un chico entrañable como el resto de la familia. Nos recibía con una sonrisa abierta y franca y enseguida llamaba a su madre, Carmina, notificándole nuestra llegada. Mi abuela charlaba animadamente un rato con ella mientras yo me entretenía con la hija menor, Pili, que tenía mi misma edad. Nos deteníamos el tiempo justo para avisar de que ese día, a la hora de la comida, Bareto disfrutaría de nuestra compañía y nosotras de la suya. Y después del aviso de aumento de comensales y las frases que acostumbran a intercambiar los adultos cuando hace algún tiempo que no se ven, nos íbamos camino de casa de la Tata.


Ésta nos recibía con la desbordante alegría que normalmente la caracterizaba, y sin perder un minuto de tiempo, prestas a la calle. Mi abuela me había llevado el traje de baño. Así que podría darme un remojón entre las olas (es un decir, porque ya se encargaba ella de que no pasase más allá de dónde el agua me llegaba a las rodillas). Después hacíamos un largo recorrido por la misma calle que lindaba con la arena de la playa, viendo, oliendo el mar y percibiendo su brisa en la cara hasta el Parque de Isabel la Católica. ¡Qué parque! No le faltaba de nada. Hasta columpios había aunque sólo pudiera balancearme lo justo para evitar el mareo que mi abuela se empeñaba en decir que producía el balanceo.


Y vuelta a las calles del centro, por las que, después de satisfacer el hambre en compañía de Bareto y habernos intercambiado achuchones y besos al despedirnos en el Nevada, era un placer pasear. Pasar cerca de una cafetería y percibir el olor a café que salía del lugar. El olor a pasteles ya estimulaba mis glándulas salivares bastante antes de llegar a la Confitería de San Miguel. Y en esta ocasión podría disfrutar de la bomba rellena de crema, sin tener que pasar antes por el suplicio de la visita al pediatra José Fermín, que vivía justo encima y al que mi abuela me traía para hacer revisiones periódicas: que si las anginas, que si no comía bien, que no había forma de hacerme desayunar y que lo ingerido se quedara dentro, que si era muy nerviosa…Afortunadamente hoy no toca. Y el placer de la bomba de crema era disfrutado en toda su extensión.A veces íbamos Casa Rato. A mi abuela le encantaban los "esponjaos" con chocolate.


No acabábamos la jornada sin dar un garbeo por Saldos Arias, dónde mi abuela solía encontrar algún retal que aprovecharía hábilmente para confeccionar cualquier cosa: un delantal para ella, un mandilón para salvaguardar mi ropa de posibles manchas…y hasta un mantel con sus servilletas a juego y todo, cuyos bordes remataba con una tira hecha a ganchillo.( El ganchillo era otra de las formas de ocupar el tiempo mi abuela.)


Si nos acompañaba Bareto porque su trabajo se lo permitiese, acudíamos a un kiosco ubicado en el portal de una vivienda de la calle Covadonga para “canjear” alguna novela de las de Marcial Lafuente Estefanía. Posiblemente el cambio tendría alguna carga económica aunque ligera. No lo recuerdo. Esa posibilidad de cambiar unos libros usados por otros no la había en el pueblo. Allí, para leer libros gratis, acudíamos a la Biblioteca de la que todos en casa éramos socios.


Y la hora de la vuelta a casa se acercaba. Íbamos caminando hacia la Plaza del Carmen y si pasábamos cerca de la plaza del Sur, mi abuela se acercaba por ver si las pescaderas, que vendían su mercancía transportándola en un carrito y voceando por la calle, estaban dónde solían hacerlo a esa hora de la tarde. Como las loteras de la Plaza del Sol en Madrid, las pescaderas ambulantes de Gijón se instalaban al atardecer en la parte trasera de la plaza para tratar de vender el pescado que aún les quedaba. ¡Esto sí que lo temía yo! Porque si mi abuela encontraba alguna oferta interesante que le pudiera resolver la cena de ese día, no escatimaba en la compra que la pescadera de turno le envolvía en varios papeles de periódico para evitar el calado de la humedad del pescado. Pero lo que no evitaba el improvisado envoltorio era el olor. Mi abuela llevaba consigo una bolsa que tenía la posibilidad de ser reducida y transportada en el bolso para ocasiones como ésta. La sacaba del bolso e introducía en ella la aromática compra.


Y rápidas hacia el autocar. Que se hacía tarde. Una vez ya dentro y acomodadas en nuestros asientos, a mí se me venía encima la tortura de la vuelta a casa por aquella tortuosa carretera y soportando el, a mi olfato al menos, insoportable olor a pescado. Menos mal que , gracias al mordisco de pastilla de Valontán contra el mareo que mi abuela me proporcionaba bajo prescripción médica, acababa el recorrido medio adormecida. Un día demasiado intenso para olvidarlo. ¡Y eso que hoy no habíamos utilizado el tranvía!...

Karen Dinesen



P.D. La foto ha sido extraída de:
FOTOS ANTIGUAS
usuarios.arsystel.com

martes, 8 de diciembre de 2009

DÍAS DE VERANO II



El juego en la calle era el mejor regalo. No alcanzo a comprender hoy cómo daban para tanto los días. Bien es cierto que el recuerdo me trae los juegos en un mismo ovillo que seguramente íbamos deshaciendo por etapas día a día.

Y así, algunas mañanas las ocupábamos jugando a “las mamás” en el marco de una “casa” hecha con las cajas de madera que nos daba Mari la frutera después de haber cumplido con su cometido de contener las frutas que durante el día vendía en su puesto de la plaza. Y los pétalos de las margaritas silvestres eran muy apreciados para hacer preparados culinarios que acompañábamos del zumo obtenido machacando los frutos del saúco para hacer “la comida” que hábilmente preparaba Pili, Tere o yo misma si nos tocaba ese día representar el papel de la mamá.

Y aún quedaba tiempo para jugar a la “comba” : “Quisiera saber mi vocación: soltera, casada, viuda, monja o enamorada…”. Eran éstas las posibilidades que nos brindaba la época mientras saltábamos la cuerda acoplando el ritmo de los saltos al de la canción. No era la única. Competía con “El cocherito, leré”, “Al pasar la barca me dijo el barquero” o “Madre e hija fueron a misa, se encontraron con el marqués…” Ignoro si las letras de algunas de ellas son causa o efecto de lo que éramos en aquel medio que contribuyó a ser lo que somos. Pero por encima de todo éramos felices.

La rasa era otro de nuestros juegos preferidos. Buscábamos una piedra plana para poder desplazarla bien, con el pie de casilla en casilla. Las mejores eran los trozos que nos regalaba el padre de Raquel que trabajaba en una marmolería. También eran piezas valiosas las cajas de betún. Redondas, de hojalata y ligeras. Una vez vacías las llenábamos de pequeñas piedrecitas para que adquiriesen peso y poder controlar mejor el tiro.

No eran estos juegos exclusivos de niñas. Siempre había algún voluntario dispuesto a compartir con nosotras nuestras aficiones. Y a la inversa. Yo disfruté muchísimo jugando con ellos a las canicas y a las chapas. Me encantaba jugar a las canicas. Al triángulo. Lo dibujábamos en el suelo, ya que la calle estaba sin asfaltar, y colocábamos las canicas en los vértices. Si el número de jugadores era de más de tres, estaba permitido colocarlas en algún punto de los lados del triángulo. Era sencillo reinventar la normativa del juego si las circunstancias lo requerían. Mi abuela me compraba las primeras, para poder competir, en la tienda de Enrique “el Roxu”. Unas eran de barro con una capa de color que iba desapareciendo en la medida que el uso desgastaba la superficie, y otras, de cristal con vetas coloreadas. Éstas tenían más bien una función decorativa, aunque yo a veces las empleaba para el disparo. El control de la fuerza en el mismo y mi buena puntería hacían aumentar deprisa el número de canicas que yo guardaba en una bolsa de tela de cuadros azules y blancos que mi abuela me había confeccionado para poder llevarlas sin que me incomodasen. Los niños con los que competía las llevaban en los bolsillos de los pantalones. Aquellos pantalones cortos que les permitía exhibir las heridas de guerra, dejando al aire los machacones de las rodillas y rozaduras varias, fruto de algunos juegos sobre los que yo tenía prohibición expresa de mi abuela para jugar, dada la brutalidad que ella percibía en los mismos y, en consecuencia, no estaba dispuesta a exponer mis huesos y mis escasas carnes. Pero para las canicas y las chapas no ponía mi abuela reparo alguno.


Y así , como mi abuela era la máxima autoridad familiar a la que debía obedecer, me permitía su bula contravenir los dictámenes que en materia de juegos nos transmitían las monjas. Porque en el Colegio se hablaba de juegos de niños y juegos de niñas. Mi abuela no hacía, afortunadamente, semejante distinción. Sólo ponía los límites en función de los riesgos para mi integridad física. Y las canicas no parecían suponer una amenaza. Así que paseaba con mi bolsa de cuadros por el barrio dispuesta a entrar al juego si se daba la ocasión. Los niños disparaban con bolas de metal que adquirían en los talleres mecánicos. Y, aunque partían con ventaja, yo no me amedrentaba. Con destreza compensaba la posición ventajosa de partida.

También disfruté muchísimo con las chapas. Era un juego muy, muy entretenido. No tenía yo la misma habilidad que los niños para “cargarla”. Era necesario ponerle lastre para hacerla más pesada y poder ejercer sobre ella mayor control al dirigirla en el disparo, empujándola con el dedo medio o el índice después de haberlo presionado con el pulgar haciendo pinza. Rellenarla era todo un rito. Cubríamos el fondo de la chapa con uno de nuestros cromos preferidos. Los futbolistas eran los más solicitados por los chicos. Pero también podías poner un recorte de un tebeo, por ejemplo. Lo mejor, creo yo, era utilizar alguno de los cromos repetidos de la colección del momento. Los había de animales, de plantas, de las películas de Marisol…

Lo complicado para mí era recortar el cristal. Nunca conseguí, como ellos lo hacían, obtener un cristal circular. El mío siempre quedaba en un polígono irregular en el mejor de los casos. Así que tenía que utilizar la masilla para fijarlo en los bordes de la chapa de manera que cubriese también los huecos que, inevitablemente, quedaban. El dibujo del fondo no quedaba muy lucido pero la chapa quedaba con una apariencia aceptable y válida para el juego.

Después a pintar con tiza el recorrido sobre la acera. A veces incorporábamos al mismo, un trozo de la parte de terreno que rodeaba los jardines del pilón, y que estaba cubierta de gravilla. La misma que se nos incrustaba en las rodillas en las múltiples caídas que sufríamos. El tramo del terreno lo marcábamos con la ayuda de un palo. Tenía más aliciente el itinerario, ya que había que hacer saltar la chapa salvando la altura de la acera y procurar que no saliese de los límites del recorrido marcado.

Y así, entre cuerdas, chapas, canicas, el bote, el corro, policías y ladrones, y paseos en bicicleta o competiciones de patines en la carretera general, apenas transitada por vehículos que no fueran nuestras propias bicis, discurrían aquellos largos y felices días de verano. Aderezados con el pan con chocolate, con dulce de membrillo mezclado con queso o simplemente untado el pan con mantequilla cubierta con una capa de azúcar. Bocados que constituían los menús de nuestra merienda.

El carro de los helados, que todos los días nos visitaba, interrumpía nuestros juegos para acudir a comprar un corte de chocolate o uno de aquéllos de vainilla que salían del molde del heladero. Era un carrito de madera pintado de azul con dos sendos recipientes incrustados en la parte superior. Uno de ellos contenía los cortes y los polos. El otro estaba repleto de helado de vainilla que el heladero extraía con ayuda de una especie de pala plana. En un molde rectangular, cuya base retrocedía manualmente hasta un tope, dependiendo del precio, colocaba una galleta de barquillo sobre la que echaba masa de helado con ayuda de la paleta para cerrar la operación colocando otra galleta idéntica sobre el helado depositado en el molde. Hacía volver la base a su posición inicial, y ¡listo! La sola visión hacía que nos relamiésemos antes de hincarle el diente.

Era este un momento para tomarse un descanso y aprovechar para hacer una visita a las abuelas que descansaban sentadas bajo el nogal (Orlando y yo teníamos abuela) o a la casa familiar. La abuela de Orlando no perdía la ocasión para comparar nuestro desarrollo en altura, con una solicitud obligada para que nos colocásemos uno al lado del otro y poder comprobar la evolución que cada uno de nosotros seguía. Después nos marchábamos corriendo mientras ellas quedaban comentando la desazón que ambas sufrían para poder alimentarnos. Para su sufrimiento, no era la gula uno de nuestros pecados…

Karen Dinesen




P.D. Siento no poder poner la referencia de la página web de la que extraje la fotografía. Ayer no tuve la precaución de anotarla y hoy no la encuentro. No recuerdo qué palabras empleé para la búsqueda. Lo estoy intentando pero no aparece. Disculpad.




































lunes, 7 de diciembre de 2009

RESTOS DE OTOÑO



Con restos del otoño el día embrujo.
Con hojas que en el roble permanecen.
Con ramas de rosal que se adormecen
repletas de bayas de escaramujo.

El tilo aún con hojas se estremece
cuando un soplo de viento se introdujo
sin permiso en su atalaya de lujo.
Cruje la madera mientras se mece.

Se queja de la intrusión del intruso
al que mi rostro impávido agradece
tal deleite. Ni me quejo ni crujo.

Se esconde el sol. El nublado aparece.
Y la llovizna suave me condujo
hasta aquí. Dónde la palabra crece.


Karen Dinesen

domingo, 22 de noviembre de 2009

EN CAÍDA LIBRE...


Hoy alguien me hizo brecha en la ternura.
Y aunque estoy vacunada, en este caso
una infección sin freno se abre paso
arrasando a su paso mi cordura.

Y el dolor amortaja la frescura
que marchita se va con el ocaso.
Es un ocaso gris que sobrepaso
apoyando el cayado en la locura.

Pues si luces me quedaran ¿acaso
en pie quedara algo de mi postura?
¿no harían del recuerdo monte raso?

Quiero olvidar y la razón me apura.
Maltrecha va derecha hacia el fracaso.
No existe para el mal de amores cura.

Karen Dinesen


P.D. Un recuerdín para Alipio que me dio un empujón para volver a escribir.

viernes, 13 de noviembre de 2009


Me ausento una temporada.

Gracias por la visita.
K.D.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

EL MILAGRO: Una necesidad...casi básica


La ilusión explica el autoengaño aunque no lo justifique...Eso me parece a mí, vamos. Igual es una tontería. Pues también las tonterías son necesarias. Los hechos adquieren valor en la medida en que hay otros que no lo tienen. Digo yo...no sé


Pues ahí va algo que parece una tontería pero igual no lo es. O sí. ¡Yo qué sé!

Ponedle el título que os apetezca.


SIN TÍTULO


-¡Milagros, milagros! ¡Milagros vendo!-
gritaba un milagrero a todo trapo.
Que le hicieran tragar aquel mal sapo,
a un hombre pareciole un vilipendio.

-¡ A la luz de la ciencia no hay milagros!-
chillaba el ofendido en su conciencia.
Sin derrochar ni un gramo de paciencia
dispúsose a dar fin al descalabro.

Acercose al gentío acumulado
en torno a aquel embaucador farsante
en la sana intención de ver burlado,

con su pregón, al burlador mercante.
Mas quedose pasmado el ilustrado.`
¡Vendió toda su oferta el ambulante!.


K.D.

P.D. A veces pasan esas cosas...

viernes, 6 de noviembre de 2009

SOBRE EL ÉXITO Y EL FRACASO




Esta mañana leía una interesante reflexión en la que se afirmaba que “la genialidad inconstante y voluble conduce a la miseria, o al éxito póstumo (el más terrible de los éxitos)”. Me dio qué pensar. No es la primera vez que le doy vueltas al tema del éxito y, por oposición, del fracaso.

Antes de expresar premisa alguna que me permita avanzar en al análisis, y para evitar partir con prejuicios, acudo al diccionario de la RAE en el que el significado del término incluye tres acepciones de las que transcribo las dos primeras, dado que la tercera no influye para nada en el posible debate interno que pueda plantearme.
Éxito:
Resultado feliz de un negocio, actuación, etc.
Buena aceptación que tiene alguien o algo.

Parece evidente que la primera definición incluye una dimensión más subjetiva, mientras que la segunda tiende a considerar el concepto en función de valores, si no objetivos, sí externos a la persona que es sujeto u objeto del éxito en la medida en que el mismo implica en este caso un reconocimiento social.

Pues bien. Empieza a estar claro por qué yo no comparto la afirmación a la que hacía referencia, extraída de un texto sobre Kant, presentado éste como referencia del éxito, fruto de una inteligencia no especialmente extraordinaria, aderezada con una firme constancia.

Siendo yo una fiel defensora de Kant, ignorando el grado de su inteligencia y aceptando que estuviese dotado de la constancia que le adjudican, no sé si debe llamarse éxito al resultado de su pensamiento. Fracaso tampoco. Pero no puede afirmarse con contundencia que sus teorías hayan tenido buena aceptación si además de defensores tampoco le han faltado detractores. Considerando que las bondades reconocidas de su pensamiento han ganado en número, y teniendo en cuenta la materialización del mismo, tal vez podemos concederle el adjetivo de exitosa a su obra. De lo que no hay ninguna duda es de su repercusión social.

Sin embargo, la repercusión social de una obra, ya sea ésta de carácter científico, literario, artístico,filosófico…, no es identificable, en mi opinión (y parece que también en la de la RAE), con el éxito de la misma. No obstante, admito que pueda haber quién considere un éxito el hecho de que algo o alguien sea reconocido socialmente, sean sus actos reprobados o aprobados. “Ladran, luego cabalgamos”…”Que hablen de mí, aunque sea mal” cita Cervantes en El Quijote…Pero en todo caso sería ésta una concepción subjetiva del éxito. No es la mía.

Yo es que me quedo con la primera. ¿Por qué? Porque a mí me interesa sobretodo ser feliz. Y no me da la felicidad la buena o menos buena aceptación de lo que haga o diga. Mentiría si dijese que le hago ascos al halago. Pero soy consciente de que no siempre encierra verdad. Como no siempre la aceptación, incluso por aclamación multitudinaria, responde al valor del hecho que es valorado. ¿Es mejor escritor Dan Brown que Antonio Tabucchi por haber vendido un sinnúmero de ejemplares de su Código da Vinci…? Si a mí me preguntan lo tendría claro. Claro está que mi respuesta sería subjetiva y el número de libros vendidos es un dato objetivo. Dan Brown tiene más éxito que Tabucchi, en la medida que parece ser mejor o más aceptado en sociedad. ¿Veis? Otra razón para seguir insistiendo en que me quedo con la primera:
“Resultado feliz de un negocio o actuación”

Y sigo. ¿Quién mide el éxito en este caso? Pues parece evidente que el propio sujeto que realiza la actuación (llamémosla así si la RAE lo hace). Yo soy la vara de medir mis éxitos y mis fracasos. Porque sé mejor que nadie si el resultado de mis actuaciones, de mis hechos, de mi vida en definitiva, me satisface o no. Si me hace feliz o desgraciada. Tenga una inteligencia genial o mediocre, sea constante o más voluble que “La Donna è móbile”. Que hay genios felices por sabios, y los hay infelices porque se equivocaron a la hora de elegir el camino de la sabiduría que debe de ser más sencillo de lo que nos parece. Tal vez por eso, y no porque le adorne la virtud de la constancia, sea por lo que una inteligencia de medianía pueda alcanzar la felicidad y con ella el éxito.

Si tu cuerpo desnudo calor siente,
y te sientes bien solo, (bien escaso),
y solo sólo estás físicamente,
tu vida la espalda le da al fracaso.

Que seáis felices. Será indicio de que vuestra vida va camino del éxito.

Karen Dinesen

jueves, 5 de noviembre de 2009

MIS CONTRADICCIONES...


VIVIR EL MOMENTO

Cuando expresamos la necesidad de vivir el momento ,¿estamos tomando conciencia de una realidad que nos llevará a convertir la propia expresión en una forma auténtica de vida?...¿o es más bien la explicitación de un ardiente deseo fruto de un lúcido análisis de nuestra hipotecada realidad?


Dije en una ocasión que no somos esclavos de nuestra historia. Solamente somos hijos de la misma. La esclavitud la establece nuestro presente. Ese que deseamos vivir con ardor, separando la ganga de la mena en el mineral, obviando la carga triste o amarga del mismo que nos llega del futuro que nos espera o del futuro del que carecemos porque no encontramos camino.


Cuando el futuro tiene silueta de esperanza, de ilusión…, el presente es un escalón en la escalera que subimos prestos para llegar cuanto antes a la meta que nos espera enmarcada en un halo luminoso. Pasa entonces el presente fugazmente o se hace largo si el deseo de llegar nos supera.
Es la ausencia de meta o lo funesto de la misma lo que nos conduce a la lucidez de la vivencia del presente. Es entonces cuando el instante en el que estamos cobra fuerza. Sabemos que es lo único que tenemos aún cuando no siempre seamos dueños del mismo, además de nuestros recuerdos en los que nos recreamos. Y el presente que queremos vivir con intensidad, flota en un lodo sobre el que nos deslizamos tapándonos la nariz, perfumando el ambiente, tapándonos los oídos o desviando la mirada si tropieza con lo que nos disgusta.


E intentamos sacarle el máximo partido a la nada. De la que nada esperamos pero lo esperamos todo. Porque la esperanza es ciertamente lo último que se pierde.


Nada espero de ti y lo espero todo.
Del todo, no quiero perder tu huella.
La nada, cielo oscuro y sin estrellas
que etéreo, me desenfanga del lodo.


Karen Dinesen

domingo, 1 de noviembre de 2009

VIVIR...


Sólo tengo mi historia y este instante.
No leves, por escasas, pertenencias.
Alforjas bien repletas de experiencias
que al hombro van conmigo a cualquier parte.

Son mi vida, carajo. Mis vivencias.
Licencias de soñador ambulante.
La nave de aquel Ulises errante.
La tela que Penélope en su ausencia

tejía y destejía con paciencia.
La caja de Pandora amenazante.
La esperanza atrapada en su conciencia.

La vida es un atrás y un adelante.
La búsqueda incesante está en su esencia.
No escapar del final es su constante.

Karen Dinesen

viernes, 30 de octubre de 2009

DEJANDO ATRÁS EL VÉRTIGO...


Cuando el vértigo pierde fuerza y cesa,
van cobrando sentido los sentidos.
Vuelve el aire a ser leve y ya no pesa.
Se transmutan los ruidos en sonidos

y escriben partituras que, traviesas,
melodías regalan al oído.
Atrapa el ojo el rojo de las fresas,
el verde en la rama y en ella el nido.

Los grises y azules del cielo piensa.
Persigue al horizonte enrojecido.
Desfilan los olores en calesa

y acompañan el baile enloquecido
-quebrada la armadura que la apresa-
del alma que a pasear ha salido.
K.D.

lunes, 26 de octubre de 2009

EL VERANO


El verano era la estación más larga del año. Así me lo parecía. Tal vez porque el horario que mi abuela establecía daba lugar a diversas y abundantes actividades que para mí tenían todas una dimensión lúdica. Incluso el hecho de acompañarla a la compra era novedoso si lo comparaba con mi rutina escolar. También tenía cierto carácter rutinario pero disfrutaba del aire en los desplazamientos, de la cháchara que se formaba en las tiendas mientras esperábamos que nos atendiesen… En fin. Nada que ver los madrugones del invierno con los del verano.

Mi abuela era, lo que se dice, muy madrugadora. Cada día, al levantarme, ya tenía preparada la ropa para vestirme. Era ella quién hacía muchos de mis vestidos. Porque mi abuela ejerció de modista en su viudedad. Recuerdo haber visto, entre papeles de los que se guardan en la caja de las cosas aparentemente inútiles pero de las que el aprecio no te deja desprenderte, una tarjeta de las llamadas de “visita” que no sé por qué se llaman así. Era blanca con los bordes negros en señal de luto. En ella figuraban su nombre, Victoria, y apellidos. Debajo, el nombre de mi abuelo al dejar constancia de su viudedad como “Viuda de”. Y, por último, en una tercera línea entre paréntesis, aparecía la profesión de la que ella se dotó sin pedir permiso a nadie: modista. Que para eso era habilidosa y tenía una Singer.

Parece ser que en este afán estaba el día que, habiendo ya fusilado a mi abuelo, entraron triunfantes las tropas nacionales en el pueblo. Algunos soldados iban en avanzadilla llamando a las puertas para hacer salir a la gente a la calle y formar filas de aclamación al heroico convoy militar. Vivía entonces, en compañía de sus dos hijos, en la planta baja de una casa de dos plantas que hacía las veces de vivienda y de taller de confección. No entro al detalle. Basta con decir que bajo los improperios de mi abuela, con un caldero en mano que usaba como arma arrojadiza, no tenían suela suficiente las botas de aquellos militares para imprimir velocidad a su carrera en la huída. Así lo contaban quienes fueron testigos del hecho.

Y es que mi abuela tenía tanta simpatía como endiablado genio. Usaba una y otro según exigiesen las circunstancias. Y ese mismo genio con humor hacía la función de un generador de energía. Quería hacer muchas cosas a lo largo del día y para ello había que levantarse temprano. Después de las labores de aseo y de haberme vestido, la tortura del desayuno (yo era lo que decían “muy mala comedora”) se hacía menos al no tener que asistir al Colegio.

Salíamos prestas. Yo colgada de uno de sus brazos del que colgaba también el bolso, y ella con la bolsa de la compra y la lechera en el otro. La primera visita, a la lechería de Ricarda. Aunque allí dejase la lechera para recogerla al final del itinerario. Después a la tienda de Jaime, que nos ofrecía pan y todo el surtido de una tienda de ultramarinos. A la carnicería para comprar hígado para encebollar, un cocido, carne picada para albóndigas o filetes rusos, pollo, carne para guisar….Los únicos filetes que recuerdo eran para empanar. Las chuletas que entraban en casa eran de cerdo. Y no era que en casa hubiera problemas de fobia con la ternera. Nada de eso. No estaban al alcance, me temo. Pero mi abuela preparaba el cerdo con una salsa de pimientos para relamerse. Ella se encargaba de cocinar como los ángeles y organizar la dieta de cada día. Los miércoles tocaba pote de verduras. Aquello sí que era una tortura. En otra ocasión os lo cuento.

Y, por si acaso, me hacía tomar cucharadas de aquel líquido de aspecto lechoso contenido en una botella con tapón de rosca, en cuya etiqueta se leía: “Calcio 20”. Eso además de incluir en algún desayuno una yema de huevo con azúcar y unas gotas de Sansón. No había pescaderías en el pueblo en aquella época. Había que esperar al miércoles, día de mercado, para que las pescaderas de puertos pesqueros cercanos instalasen su oferta en unas mesas de granito construidas, a tal efecto, en un lugar de la plaza. Pues bien, después de llenar la bolsa, deshacíamos lo andado para ir en busca de la leche y vuelta a casa.

Llegábamos a una hora lo suficientemente temprana para darme tiempo a disfrutar del resto de la mañana jugando en la calle. No sin antes ponerme el delantal a cuadros o rayas, con canesú, cuellos redondos y botonadura trasera, que mi abuela me colocaba encima de la ropa con la finalidad de evitar mancharla. Y el tiempo discurría feliz entre juegos y charlas.

La llamada de mi abuela desde la ventana, como el canto del muecín, marcaba los tiempos cuando me encontraba fuera de casa. La hora de comer…la merienda... Dentro, ya se encargaban de ello las sintonías de los programas de radio. Una Marconi amarilla con los mandos de color madera que reinaba en la casa, entronizada encima del armario de la cocina.

Las tardes transcurrían entre las visitas a viejas amistades de mi abuela, cuidar los pensamientos y las dalias en el patio de la casa de mis padres, o volver a jugar de nuevo en la calle mientras ella se sentaba con Wences, la abuela de Orlando, a coser a la sombra de un nogal cercano. Algunas veces íbamos a la ría y, mientras ella miraba desde la orilla metiendo sus pies en el agua, yo me daba un remojón. Una vez fuera se encargaba de secarme bien, eliminando todo resto de humedad que pudiera afectar a mis anginas, y, ya vestida y “merendada”, nos dedicábamos a recoger manzanilla entre la hierba de los prados ribereños a los que la subida de la marea no alcanzaba.

La vuelta a casa, recorriendo el ancho camino flanqueado de pláganos hasta enlazar con la calle que nos llevaba directamente hasta casa, no significaba la antesala del final del día. Si el tiempo lo permitía aún bajaba a la calle después de cenar para, ya cerca la anochecida, jugar un ratito al escondite, sentarme en la acera bajo la luz de la farola viendo revolotear mosquitos, polillas o ciervos volantes hasta que mi abuela con su llamada desde la ventana advertía, ahora sí, que el día fuera de casa tocaba a su fin.


Subía las escaleras corriendo, viéndome ya en la cama con los brazos sujetando el cuento por encima del embozo de la sábana. Trasladada en tiempo y espacio a otro escenario, no por ficticio menos ilusionante, iniciaba el tiempo de transición hasta el día siguiente sumergida en la ensoñación. Entretanto mi tío trataba de ponerse al día de lo acaecido en nuestro país en materia de política, aguzando el oído para escuchar las noticias que llegaban de Radio París o La Pirinaica entre aquel mar de interferencias que salían de su receptor. Bareto posiblemente estaría intentando sintonizar el suyo en su habitación de la Fonda del Bar Nevada; su hogar provisional mientras realizaba el trabajo en Sondeos, en Gijón.Y mi abuela increpando a mi tío para que bajase el volumen de la radio.Que las paredes oyen...

Karen Dinesen

sábado, 24 de octubre de 2009

PREMIOS PRÍNCIPE

La Fundación de los Premios Príncipe de Asturias tiene un problema: buscan personal

Yo, inicialmente, pensé en prestarles mis servicios creyendo ingenuamente que carecían de candidatos para adjudicar los premios del próximo año. Y ya estaba metiendo la mano en el fondo del saco a la busca de unos cuantos.

Así, en una primera extracción de tarjetones, me salía la posibilidad de encontrar, para cubrir el hueco de las Artes, a un “normanfoster” que diseñase viviendas ecológicas, saludables y con cierto sello de confort por un módico precio.

Y, a renglón seguido, habría que localizar para el premio de Ciencias Sociales…pues a un economista! Alguien que sepa cómo repartir la torta para que el “módico precio” alcanzase al bolsillo de los “bolsillosvacíos”, o llenos de agujeros, o “sin-bolsillos”…que caben denominaciones varias para los que no tienen que llevarse a la tripa. A mí, en este campo, no es por presumir, pero se me ocurren algunas cosas. Lo que pasa que son como de andar por casa. Y eso de que la mayor parte de la torta se la lleven unos pocos, y lo que queda se lo merienden unos muchos, quedando muchísimos sin torta, pues parece ser que es un galimatías nada fácil de resolver. Por eso quien proponga alguna forma de hacerlo tiene que acreditarse por lo menos con un doctorado en estos asuntos de Economía.

Y para el Deporte había pensado yo que ¿qué tal uno de estos “peques” que recorren a diario kilómetros y kilómetros para ir en busca de agua? Y de paso, para la Investigación Científica y Técnica igual se presta algún gabinete de técnicos y científicos para resolver, de una vez por todas, el problema de la falta del líquido elemento, haciendo llegar agua potable hasta casa a todos aquéllos que no la tienen. Y les dábamos también el de Cooperación Internacional.

Claro que éste, tal vez si hablásemos con las Empresas Farmaceúticas no tuviesen ellas inconveniente en hacerse merecedoras del mismo, distribuyendo de forma gratuita medicinas para combatir el sida, la malaria y cosas así que tanta mortandad están causando en África, por ejemplo. Y a lo mejor hasta repartían en el lote cajas de condones con una inscripción en el envase: “La OMS advierte que el uso del mismo es absolutamente necesario para llevar una vida sana” Y un añadido en color púrpura: “Yo también lo suscribo” fdo.: Benedicto XVI. Y que le inviten a la entrega también al Pontífice. No desluciría para nada en la pasarela. Y ya de paso pues le damos a él el premio a la Concordia.

Total que ya me había hecho yo la composición de lugar, y me aclaro que el problema no es de candidatos a los premios, que de eso ya se encarga la Fundación para cubrir su objetivo(¿?). Que el candidato que se necesita es para suceder a Graciano. Que se va porque ya cumplió los 70. Y aquí está el meollo. ¿Gracianismo o no gracianismo en la sucesión?

Pues hay quién lo tiene claro y lo dice. Hay quién no lo tiene claro y no lo dice. Y hay quién dice para no decir. Porque ¿qué quiere decir D. Pedro de Silva cuando se refiere al “absolutamente insustituíble” Graciano García?. “Absolutamente” es un añadido redundante al término “insustituíble”, me parece a mí. Pero no innecesario, ya que le da un supuesto valor añadido que enriquece la presencia en el cargo del hasta ahora Director de la Fundación, sí señor. Por otra parte, su toque diferenciador no debe ser cubierto con algo continuista. No dejaría de ser un bolso de imitación de mercadillo por mucho que se identificara con el auténtico. No queda más opción que cambiar las pautas “gracianescas”. Título otorgado a una forma de actuar que sin tener nada que ver con Goya ¿verdad?, sugiere el término la singularidad del genial pintor. Bien. Que yo me quedo sin saber si D. Pedro de Silva opta por otra forma de hacer o lo propone como mal menor. No me sorprende. Es genial cuando quiere decir y también cuando no quiere.

De forma semejante se mostró Rguez. Vigil. Sintonía ex-presidencial, llamo yo a eso.

El que sí quiso decir y dijo, fue el empresario Blas Herrero. Apuesta por un sucesor que dé continuidad a las tareas de D. Graciano. Y añade la necesidad de la permanencia de éste lo más cerca posible para indicar el camino, reconociéndole como “imprescindible para mantener la asturianía y potenciar el proyecto internacional”. Vamos aclarándonos. Al menos, yo.

Luis María Ansón, tan entrañable él, responsabiliza con acierto a Graciano García de que los Premios hayan adquirido “una dimensión que los sitúa como los primeros premios del mundo después de los Nobel” (o sea, los segundos, que se dice, no?).

Bien. Que me da que, para algunos que no para todos, el problema es sólo uno: mantener el puesto en el ranking mediático - internacional de premios. Y el de la elección de Director es derivado aunque, no por ello, menos importante.

Que lo de los candidatos a los premios no es un problema, señores. Que sobran de rango superior. Que no necesitan de mi ayuda para ello, vamos. Que mejor me voy a ahuyentar mi gripe…

Pues que les vaya bonito.

K.D.

martes, 20 de octubre de 2009

UN REGALITO


Me lo acaba de enviar mi sobrina. Su timidez le impide entrar a comentar en la entrada que lleva su nombre. Esta es su forma de decirme GRACIAS.
Un beso, Deva. (Dile a tu padre que te enseñe a abrir un blog. Y publicas en él tus dibujos y tus textos).

A F.GARCÍA LORCA



Que no pudo Queipo con el poeta.
Que no acabó el fusil con el sembrado.
Retoñaron los brotes sepultados.
Cruzó su verso el cielo cual saeta.

Llegó de Nueva York por los terrados.
Salió del romancero en las carretas.
Sus bodas salpicaron la etiqueta
con sangre que brotó de su entramado.

A nadie dejó yermo con su Yerma.
Lloramos por Mejías con su llanto.
El odio a las luces su cuerpo entierra.

Pero en tierra quedó el verso arraigado
y surge de entre la hierba el poema
dándole vida al Lorca asesinado.

(K.D.)

domingo, 18 de octubre de 2009

DEVA




La pasada primavera circuló por algunas de las Bibliotecas Públicas de la Comarca de la Sidra un bonito marca-páginas con los colores del Universo; tema que centraba el interés de los niños y niñas convocados a un concurso por la Casa de la Cultura de Nava, con la colaboración del Ayuntamiento de tal localidad y la Consejería de Cultura. El marca-páginas que obtuvo el primer premio fue editado y repartido por las secciones infantiles de las Bibliotecas. En la parte de atrás, además de la entidad promotora del concurso y las entidades colaboradoras, figura el nombre de la autora: Deva Rodríguez Jove. Mi sobrina.

Recientemente, con ocasión de las fiestas de su pueblo (que es el mío), se convocó un concurso de pintura en la calle para niños y niñas de hasta 12 años. En esta ocasión el Premio Especial del Jurado recayó también en Deva Rodríguez Jove.

Su tía, que soy yo, orgullosa y encantada, la felicita y anima para que continúe desarrollando su amor por la pintura. Pero le insiste una y otra vez para que cultive igualmente la escritura.

Hoy acudí a la entrega de premios de un concurso de cuentos escritos en Lengua Asturiana, convocado por la Consejería de Cultura y el gremio de escritores de Asturias en el entorno de la Comarca de la sidra. ¡Mi sobrina obtuvo un digno segundo premio! El cuento, titulado “La vaca Ramona”, es original, divertido y, técnicamente magnífico teniendo en cuenta los pocos años de la autora

En una de las fotos está concentrada en la pintura que realiza. En la otra se aprecia cómo escala una pared vertical en un rocódromo. Mi hermana, aun sufriendo, prefiere verla con arnés y controlada, a tener que obligarla a bajar de la cima de la copa de un magnolio del parque antes de que la dueña de una churrería advirtiese a la policía ante el temor de que aquella niña que oteaba su entorno desde lo alto, no pudiese bajar por sus propios medios.
No es lo mismo. Pero a los árboles del parque hay que mimarlos, Deva.
(Deva tiene una suerte que crea problemas: le sobra entusiasmo e imaginación.)

¡Felicidades, Deva!¡ Y a seguir escribiendo!

Tu tía


martes, 13 de octubre de 2009

VIENDO LA LUZ DESDE EL ENCIERRO

Observaba a través de los cristales,
sintiendo el disfrutar de un privilegio.
Haciendo de su encierro un sortilegio.
Un mágico rincón de libertades.


Ve lo que quiere ver en este predio.
Degusta la dulce miel de los panales
de sus sueños y ensueños. Son banales
las intenciones ajenas de asedio.

Para gozar a solas del silencio
cierra quiebras, rendijas y canales.
Tan sólo los sentidos deja abiertos.

Y el alma a la luz de unos fanales,
con pincel y color espanta el tedio
vistiendo a capricho los ventanales.


(Karen Dinesen)


P.D.El autor del cuadro, seguramente reconocido, es René Magritte

lunes, 5 de octubre de 2009

GRACIAS, MERCEDES




Se ausentó dando gracias a la vida,

con voz grave y cadenciosa,

La Negra Sosa.


Durmiendo al negrito quedó dormida,

después de dar testimonio

de matrimonio


con los sin voz o voz enmudecida,

siendo la suya un clamor

contra el dolor.


Dulce grito de América Latina

que despertaba conciencias

en nuestra orilla.


K. D.


jueves, 24 de septiembre de 2009

UN ALTO PARA LA REFLEXIÖN






Seronda y yo nos tomamos un descanso.

Gracias por la visita.


K.D.

martes, 22 de septiembre de 2009

MI QUINTO CUMPLEAÑOS

Había prometido que la próxima "entrega" de mis andanzas de infancia (o sea, ésta) se la dedicaría a Mary, que parece seguirlo como un serial radiofónico de aquellos de Sautier Casaseca. Marydé, también. Así que la incorporo a la dedicatoria. Y ya puestos, para cerrar las entregas, que me hacen sentir como el "abuelo Cebolleta", pues a quien quiera incorporarse a la fiesta de cumpleaños...
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Cuando cumplí cinco años mi abuela consideró que la nueva casa de mis padres, en la que había habilitado la sala con una sencilla mesa de mimbre, sillas y sillones a juego, podría ser más apropiada para albergar cómodamente al escaso número de invitados. Eso sí: honorables todos ellos.

La más joven, excluida yo misma, era mi tía Manolita que ya no cumplía los 45 aunque su aspecto no delatase su edad. Podría decirse de ella que estaba soltera (y así lo hacía creer ) ya que su matrimonio, llevado a efecto durante la guerra civil, fue breve al caer abatido en el frente su recién estrenado marido a los pocos meses del evento que la había hecho pasar de señorita a señora. La recuerdo siempre distinguida en su porte y ademanes. Alegre y dicharachera. Muy distinta al resto de sus hermanos entre los que se contaba mi padre. Caminaba siempre sobre altos tacones y sus vestidos marcaban el talle. Esbelta aunque no muy alta. Rubio el pelo, al menos desde que yo tengo conciencia de su existencia, con melena peinada a lo Rita Hayworth y carmín en los finos labios. Este aspecto tenía también ese 3 de Julio de 1958 mientras comía el trozo de tarta que yo misma, siguiendo las indicaciones de mi abuela, le había entregado en un platito. Probablemente ya estaba entonces su pensamiento lejos del pueblo. Poco después se marchó a Francia, viendo que Francia no venía a ella. Allí encontró al príncipe azul, descolorido por el paso del tiempo, encarnado en un ucraniano afincado en Canadá. Y empezó a enviarnos noticias desde Toronto.

No había sido la primera en recibir su parte de mi pastel de cumpleaños. Pues ese honor le había correspondido a mi bisabuela Teresa, popularmente conocida como “Teresina la cantera”; el apodo le vino de la profesión de mi bisabuelo ya fallecido. Cantero, de cuya labor aún queda alguna muestra en el pueblo: un relieve en el frontón del dintel de la entrada a una tienda de ultramarinos. A pesar de las segundas nupcias de mi abuela, ésta seguía considerando a Teresa como su suegra. Bien pensado no tenía otra, ya que Bareto y sus hermanos eran huérfanos desde niños y habían vivido repartidos entre sus familiares más próximos.

Con mi bisabuela, de aspecto menudo, el pelo completamente blanco recogido en un moño y vestida enteramente de negro, también tuvieron la delicadeza de acudir a la convocatoria dos hijas suyas, y, por ende, cuñadas de mi abuela: Flora, casada con el paciente y entrañable Floro, y orgullosa de aquella permanente que le electrizaba el cabello, y Carmina, sempiterna soltera. No sé si su estado era vocacional o fruto de las circunstancias. No parecía proclive a las sonrisas aunque siempre tenía para mí una palabra amable.

Y cierra el círculo de invitados, Mercedes. Era prima de mi padre. Un encanto de mujer. A camino entre los cuarenta y los cincuenta y apuntada también a la soltería, su rostro mostraba una perpetua sonrisa. Derrochaba simpatía y hablaba por los codos. A Mercedes le rompió el noviazgo la guerra civil. Su novio y ella quedaron, tras el estallido, situados en bandos distintos. Y ella le perdió la pista…Ya entrada en años recibió la visita de un jubilado Carlos, viudo, y cuyos hijos, que ya le habían proporcionado nietos, tenían su vida demasiado ocupada. Volvió a buscarla. Y la encontró. Mercedes no se había pasado la vida esperando de su casa a la estación por ver si Carlos volvía. Pero éste se sabía bien el camino desde la estación hasta su casa. Se casaron entonces y disfrutaron juntos sus últimos años en una residencia para ancianos de la que la buena salud que ambos disfrutaban les permitía salir a pasear y gozar de los pequeños placeres cotidianos: un café en el Avenida, una comida en casa Milagros, una amena charla en la calle con un vecino o pariente… La vida es agradecida con quien agradece vivir…

Pues bien. A este elenco de asistentes a la celebración de mi quinto cumpleaños, súmense mi trío familiar y ya tenemos la escena. Yo de pie sobre una de las sillas, repartiendo trozos de tarta a diestro y siniestro, ocupando el centro del coro, peinada estilo paje y con un vestido blanco, cuyo vuelo recordaba a la corola invertida de una almidonadísima amapola (si esto pudiera ser), con una cinta de raso roja alrededor del vestido a la altura casi de la axila, atada en la parte delantera con un lustroso y enorme lazo.

Mientras mi abuela sigue en su papel de anfitriona, vigilante para que el moscatel no falte en las copas, y mi tío Joaquín piensa sesudamente por dónde será más adecuado hincarle la cucharilla al pastel, Bareto recibe el trozo de tarta con su mano derecha mientras esconde la izquierda a la espalda, sujetando un pitillo entre los dedos índice y pulgar, amarillentos por el efecto del tabaco de picadura de cuarterón.

Y yo, en este escenario, escondiendo mi timidez bajo una expresión de dulce candidez, siguiendo un protocolo de instrucciones que comenzaba en el soplido de las velas, y terminaba en la expresión de agradecimiento plasmada en una fotografía de conjunto hecha por Minfer el fotógrafo. Destino de la misma, Guinea Ecuatorial.

Karen Dinesen

jueves, 17 de septiembre de 2009

CAMBIO DE DOMICILIO



La casa que mis padres habitarían a la vuelta de Guinea estaba lista.

Mi abuela y yo habíamos seguido de cerca y celosamente la construcción de la misma a lo largo del tiempo que duró la obra.

Fue necesario contratar a un carpintero para suplir a mi padre, seleccionado como uno de los afortunados por su condición profesional. Aunque, a decir verdad, él, mi padre, se había negado a elevar la solicitud para ocupar una casa candidata a llevar adosada a la pared una placa en la que rezase “Grupo de viviendas Francisco Franco”. Por lo que hubo que contar de nuevo con las habilidades de mi abuela para resolver.

Se construyeron sobre un solar municipal y la colaboración del Sindicato Vertical que puso los materiales en préstamo, a pagar por los beneficiados en el sorteo, en un plazo de 15 años. La Sindical ( que así se referían en casa a la entidad que representaba el Sindicato) funcionaba como una tienda de venta a crédito y al por mayor. Y así iba entregando sacos de cemento, camiones de ladrillos, listones de madera, metros de tubería…Y mensual y puntualmente el propietario en ciernes, iría saldando la deuda una vez finalizada la obra. La factura consistía en un sello especialmente diseñado para la causa por el valor del importe pagado. Teníamos un álbum por escritura. Con tapas duras y un papel de calidad. Eso sí que es señorial.

La mano de obra estaba constituida por los futuros propietarios: albañiles, encofradores, pintores, carpinteros, electricistas, fontaneros...La crême de la crême de la clase trabajadora. Una cooperativa con el sello del Sindicato Vertical. Un poco discriminatorio me parece a mí que fue el proceso de selección para la adjudicación de las viviendas. Porque no dio pie a que pudiesen disfrutar de las delicias de aquella urbanización otros trabajadores; que digo yo que así serían denominados los empleados de Banca, los agentes comerciales, Luis el de la droguería Mari Tere o el médico de cabecera que teníamos en casa: D. Manuel. Que nos visitaba con la misma frecuencia con que mis anginas se inflamaban. Pero bien pensado, ¿qué podrían aportar a la construcción de una casa?...¡ Hombre ¡ Don Manuel siempre podría ejercer una cura de urgencia ante un posible accidente laboral…Pero seguramente ya tendrían techo. Digo yo…

Total que, con estos cimientos, y nunca mejor empleado el término, se puso en pie con orgullo de clase, un complejo urbanístico que bajo la denominación de “barrio obrero” estaba formado por veintidós casitas adosadas de dos plantas con un patio trasero (que mi abuela cubrió de dalias, hortensias, pensamientos y un par de ciruelos japoneses) en torno a unos jardines en cuyo centro estaba “el pilón”…

El pilón era como llamábamos a un surtidor en el que los niños del barrio medíamos nuestras habilidades intentando saltar desde el muro contenedor hasta el centro de la pila, en dónde se ubicaba la columna surtidora pintada de azul. Estaba construida en metal sobre una base de caras cuadradas y disponía de dos cuencos a distintas alturas y de distinto tamaño. Recogían el agua y la echaban a la pila a través de unos agujeros forjados en sus bordes en forma de flor. En este intento de salvar la distancia cruzando sobre el agua, más de un chapuzón se llevó algún valiente que gozaba de mi admiración.

Yo, que tenía como objetivo realizar la hazaña, lo intentaba cuando vaciaban la pila para poder limpiarla, y en la que, a modo de fondo marino, se encontraban todo tipo de tesoros: chapas, canicas, cuentas de collares de colores, algún indio de plástico suelto, su caballo o las dos figuritas juntas, monedas de diez céntimos…incluso alguna de cincuenta, cuyo agujero central y su diseño la hacían especialmente atractiva. Aún recuerdo la emoción y el vértigo que sentí el día que apoyé mis manos en el borde de uno de los cuencos del surtidor central. Permanecía yo inclinada, completamente estirada, con los pies apoyados en el muro exterior y las manos aferradas al borde del cuenco. Sentía una mezcla de emociones entre la satisfacción de haberlo conseguido y el miedo a no poder volver a recuperar la posición inicial sin caerme. Sólo se trataba de sentirme segura e impulsarme hacia atrás con fuerza, ya que mis pies estaban apoyados en toda su extensión. El temor previo, por miedo a que el estirón me obligase a elevar los talones permaneciendo apoyada sólo sobre las puntas de los pies, había desaparecido. Con la tensión ocupando masa y huecos de mi menudo cuerpo, después de un rato aguantando la posición, tomé la decisión de arriesgar mis huesos y con un impulso hacia atrás, me encontré en el punto de partida. ¡Uff, qué alivio!. Seguro que la sonrisa me llegaba de oreja a oreja. Aquello que tantas veces había visto hacer con soltura a mis compañeros de calle, ya estaba yo en camino de conseguirlo. Ahora podría repetir la operación con seguridad e intentar saltar hasta la base cuadrada del surtidor, para después darse la vuelta y volver a salir de un salto cruzando el “abismo”. Una vez conseguido, la destreza sería sólo cuestión de entrenamiento.

En aquel entorno comenzaba una nueva etapa de mi infancia. Mi abuela, mi tío, Bareto y yo misma, nos habíamos trasladado desde El Encanto para ocupar otra vivienda cercana a la de mis padres, aunque formaba parte de otro grupo de bloques de construcción distinta que le daban continuación al barrio. En este caso se trataba de un conjunto de seis edificios iguales con cuatro plantas y dos viviendas por planta. De haber sido hoy, podría denominarse “Residencial Corominas”, en honor del arquitecto que amortizó su carrera durante el franquismo con el diseño, ya que fue extrapolado a todos los barrios obreros que conozco de la época. Pero no estaban los tiempos para derroches y, tal vez por eso, la denominación quedó reducida a “Las Corominas”. El desconocimiento popular y las alteraciones propias de la tradición oral, acaban por cambiar la “r” por una “l”, dándole el toque de clase que correspondía.

Allí, en el portal número 1, cuarta planta, derecha (porque seguramente la izquierda ya estaba ocupada), viví desde mis cumplidos cinco años hasta bien entrada en los doce, repartido mi tiempo entre el cariño entusiasta de mi familia, la severidad del colegio y el calor y color de la calle.
Karen Dinesen

sábado, 12 de septiembre de 2009

TRAS LA REJA

Este soneto fue creado gracias a una sencilla, bonita y sugerente fotografía y a la reflexión que la acompañaba , publicadas ayer en el blog SinLaVenia.



¿Qué puede esconderse tras esa reja
que sólo silencio su voz procura?
Un alma, tocada por la locura
de lacerante amor, no emite queja.

¿Puede ser quién se esconda tras la verja,
soportando silente la tortura
de estar ciega y carente de cordura?...
Apoyo mis manos, pego la oreja.

Un latido inquietante oír se deja.
Mi ojo parejo al de la cerradura
nada ve. Siento el latido en la ceja.

¡Es mi pecho el que late -qué tontura-
al ritmo del zumbido de una abeja!
Y tras la verja un soplo de frescura.

Karen Dinesen

jueves, 10 de septiembre de 2009

EL ENCANTO

Mientras mi madre, en compañía de mi hermano Luis, disfruta de su trayecto marítimo, en un barco mercante que disponía de camarotes para pasajeros, como si de un crucero se tratase, yo continúo descubriendo el mundo en el reducido, y extenso a mis ojos, entorno del pueblo con la ayuda de los tres pilares que apuntalan mis vivencias, entre el mundo exterior y el que se encerraba entre las paredes de la vivienda que aún habitábamos en las inmediaciones de El Encanto.

La casa en que nací, y en la que vivimos hasta haber cumplido yo los cinco años, formaba parte del grupo de casas conocidas como las de Don Obdulio.

Don Obdulio era una mezcla de prócer y cacique desconchado a finales del siglo XIX y principios del XX. Pero sobretodo, era rico. Y el dueño de las viviendas en su época. En una de ellas vivía su chofer, Higinio, a quién dejó en herencia la “urbanización” al completo y de la que éste se convirtió en propietario ya antes de que mi madre naciera. Sin embargo, Higinio no consiguió cambiar la denominación de sus propiedades, que siguieron siendo para siempre las casas de Don Obdulio.

Eran casas de dos plantas y tres viviendas. Una de ellas en la planta baja con acceso desde el interior del portal, y otras dos en la primera planta, a la que se llegaba por una escalera de madera. Ocupábamos nosotros la situada en la izquierda de la planta alta. Enfrente teníamos como vecinas a dos hermanas solteras y jóvenes, aunque ya cerca del límite de edad para ser consideradas fuera de competición como casaderas. Maruja y Mercedes vivían en compañía de su madre, Aurora. No siendo lo que se dice la alegría de la huerta, contribuían a hacerme agradables los breves encuentros que mantenía con ellas. Pero yo disfrutaba especialmente cuando me tropezaba con José Antonio, el hijo de Elvira y del afilador, que vivían en el portal contiguo al nuestro. José Antonio era dos años mayor que yo y siempre nos referíamos a él, incluso ya crecido, como Nené; sobrenombre con el que yo le bauticé en mis balbuceos iniciales, mientras me mantuve en el umbral del uso de la palabra.

Las casas de D. Obdulio se alineaban en un lado de una calle que comenzaba en el casco urbano y finalizaba en el punto en que se abría una carretera flanqueada por enormes y hermosos álamos que conducía a la capital. Nuestra casa se situaba, en el marco de ese alineamiento, a la altura de un cruce que se formaba debido a la convergencia de otras calles que tenían allí su confluencia. A la altura del mismo, justo enfrente de mi casa, se encontraba un chalet de estilo indiano, con su palmera y todo, en el centro de una gran finca de bellos jardines rodeados por un muro amarillo de baja altura, sobre el que se alzaba una verja pintada de verde que permitía ver el interior de la finca a través de los laureles plantados por dentro, alineados a la pared. El portón de acceso era asimismo un enrejado forjado en metal, lo que facilitaba contemplar la casa en todo su esplendor. Su nombre: El Encanto. El gusto refinado de sus dueños para sacarlo del anonimato, fue lo que procuró tan encantadora denominación a la zona en la que se encontraba ubicado, saltando el nombre las verjas y salpicando a las casas de D.Obdulio.
Fue allí, en las casas del Encanto, dónde empecé a dejarme seducir por todo lo que llevase aroma a encantamiento. Que en esa época y a mis pocos años era casi todo; ya que mi abuela, mi tío y Bareto funcionaban como un trío detector de agentes contaminantes, impidiendo toda intoxicación que no llevase un sello familiar. Y los tóxicos de casa, ya se sabe, son menos tóxicos si van envueltos en el cariño que iban los míos.

Mi madre comenzaba a vivir su época dorada pateando las calles de las ciudades en cuyos puertos hacía escala el Dómine, enfundada en sus pantalones blancos tobilleros y su jersey a rayas de escote barco, mientras yo acompañaba a Bareto en las tardes soleadas de principio de verano hasta un río próximo a casa. Recorríamos la estrecha vereda entre los árboles que bordeaban la ribera y los maizales, hasta un lugar en el que el río hacía un remanso: El Pocín.

Allí, después de poner en el suelo su cajón de pesca, se disponía a montar la caña, hecha de trozos de cañavera que iba ensamblando y haciendo cada vez más larga. Del extremo superior colgaba la tanza o hilo que llevaba enrollada, junto con la plomada, en una pieza de madera con forma ahormada. Al final del hilo enganchaba el anzuelo, después de seleccionar cuidadosamente cuál era el apropiado para las pretensiones. Sacaba del interior del cajón una caja redonda de lata cuya función, aquélla para la que fue creada, había sido anteriormente la de servir de envase a la cera abrillantadora de madera. Ahora estaba llena de gusanos y arena húmeda que había recogido entre los lodos cercanos a la orilla de la ría: “xagorra”, llamaba él a lo que le iba a servir de cebo.

A lo largo de este proceso pasaba de permanecer de pie mientras montaba la caña, a sentarse sobre el cajón para colocar anzuelo y cebo. El cajón, que transportaba al hombro, estaba hecho en madera y tenía la forma de un tronco de pirámide de bases rectangulares. Era lo suficientemente amplio como para poder sentarse sobre él. La tabla que lo tapaba tenía un agujero en cada uno de los extremos que, junto a los realizados en las caras que cerraban el cajón por los lados, permitían el paso a una cuerda gruesa anudada en la parte exterior de los laterales para evitar que se soltase. Cuando alguna pieza caía, después de desengancharla del anzuelo agarrándola con fuerza para evitar que se escurriese, se incorporaba, levantaba la tapa que le servía de asiento y…¡ adentro! Durante un ratito, breve eso sí, sentías al pez golpear contra las paredes del cajón dando sus últimos coletazos. Volvía de nuevo a repetir el ritual de enganchar el cebo, lanzar la caña para que se fuese todo lo lejos que la plomada permitía, y sentarse. Me pedía que de vez en cuando mirase el hilo a ver si se movía por si algún pez picaba mientras él, sentado de nuevo sobre el cajón, retomaba la lectura de alguna novela de Marcial Lafuente Estefanía, y yo volvía a “Los viajes de Gulliver” asentando mi trasero en el suelo y cruzando las piernas mientras el sol del atardecer nos rozaba suavemente.
Karen Dinesen