Desde que acabé aceptando que el
arte es toda expresión creativa que interprete el real o imaginario del autor
de dicha expresión, dejé de discutir sobre arte y seguí disfrutando de aquellas
obras que siempre disfruté y empecé a disfrutar de otras que veía con
prejuicios. Me gustan hasta los puntos de la serie azul de Miró que me negaba
yo a mirarlos. No son los puntos, supongo, sino el contexto del amplio espacio
azul que los contiene y me infunde serenidad. Claro que porque yo le echo
imaginación, levito un pelín y ,si me concentro mucho, mucho hasta abstraerme ,
me siento como en la contemplación del
cielo azul en un momento que Miró, con mi inestimable ayuda, convierte
en único. Sin embargo, el ala de la alondra que se acerca a la amapola…como que
no…En esa no consigo yo empatizar con el reconocido pintor catalán. Bien. Como introducción a lo que pretendo ya
voy de largo.
Me encanta la pintura (una más
que otra) pero ya me siento yo feliz, visitando museos o exposiciones en horas
de escasa presencia, o con colgar en la pared de la sala (no sé porque se empeñan
en llamar salón a los dieciséis metros cuadrados donde solazamos en pijama los domingos por la
tarde) una lámina de Magritte que me amplía el horizonte o unos carteles de Toulouse- Lautrec , fruto de sus noches en el “Lapin agile” dándole esquinazo a su
melancolía .
No llevo, no obstante, con
paciencia que me la quieran dar con queso. Descubro el vino picado hasta con el “quesu Cabrales”. Y así me sentí
tonta del culo aguantando voluntariamente, porque nadie me obligó, un
espectáculo indignante, en el que el genial- sin duda- Salvador Dalí nos
ofrecía una obra de arte que ejecutaba en vivo y en directo en la pantalla de
TVE cuando yo era aún muy joven. A una
distancia de unos tres o cuatro metros
del lienzo, lanzaba sobre el mismo de
forma arbitrariamente histriónica, todo tipo de elementos de tintura…huevos,
tomates, mermelada…y engendro finalizado en un “plisplás”. Hasta ahí todo
normal…Lo jodido vino después con los elogios, las loas, las prospecciones inestimables
de los inestimables críticos que se encargaron de ayudar a los telespectadores
a admirar maravilla tal.
Estas y otras derivaciones del
arte me llevan a reconocer como una obra artística de valor infinito, “Mierda
de artista” del italiano Manzoni. El ánimo crítico que Manzoni “enlató” para
adjuntar a su creación, crea curiosamente el efecto contrario de la aparente intencionalidad
del autor. O quizás no... Tal vez intentaba demostrar que la estupidez del ser
humano llega tan lejos, que es capaz de
comprar más si lo que lleva encima le parece insuficiente. Me refiero a las dos
cosas: mierda y estupidez. La obra de Manzoni lleva camino de igualar en precio al valor,
vista la trayectoria en las subastas…
Visto lo visto, el precio de las
obras de arte que produce la cerdita Pigcasso, librada de un matadero en Sudáfrica,
no deberían escandalizar a nadie, si además tenemos en cuenta que su dueña dice
dedicar la pasta a financiar el refugio donde vive la Pig y crear conciencia en el público del impacto
medioambiental de algunas explotaciones cárnicas.
Pues eso.
Buenas noches.
Victoria
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