Mi
madre me decía que no llamaba a la muerte pero tampoco la temía…que no le
gustaría tener que sufrir para marchar… que ,aunque me pareciese difícil de
creer, la vejez que estaba viviendo era la etapa más feliz de su vida.
Me sorprendió la confesión ya que, mientras
vivió mi padre, una y otra vez recordaba los años que había vivido en Boloko
como los mejores. Y lo que acababa de decirme contradecía la idea de felicidad
que yo suponía en ella.
Comenzó
a repasar las circunstancias que rodeaban ese momento. Ese, en el que estábamos
charlando en una de mis visitas a casa…y hablaba sobre lo bien que se sentía. Tenía
casi noventa años y gozaba de autonomía suficiente para cubrir sus necesidades siempre que mi hermana estuviese dispuesta a
cubrir, por ejemplo, las urgencias de la farmacia a última hora porque se le
había agotado la pastilla de la tensión. La nevera se la llenaba Juan, empleado de una
de esas empresas distribuidoras de congelados a domicilio.
Mi hermana le hacía la compra semanal en el
super. Isabel resolvía los asuntos de la limpieza de la casa y comentaba con
ella el folletín de la tarde en la tele. Isabel acudía a casa dos horas por las tardes ya que mi madre dormía la
mañana plácidamente mientras la noche la dedicaba a ver tele, leer y soñar. Estoy
segura de que lo hacía despierta. Siempre la salvó su ensoñación de las
contrariedades y “hostias” con que la realidad la sorprendía…Me hablaba de la
Toscana como si hubiera estado allí de vacaciones… Viajaba con la tele y leía
todo lo que caía en sus manos…Siempre fue una lectora insaciable. Cuando el
astigmatismo y la hipermetropía galopaban en sus ojos era común encontrarla
leyendo con unas gafas sobre otras. Las últimas y las penúltimas. Agotaba todas
las posibilidades antes de visitar al oftalmólogo. Llegaron las cataratas y, tras
la operación, leía el periódico sin gafas para envidia de todos.
Me
decía que ella ya había cumplido. Que nosotros estábamos bien, y que no lo estuviéramos
era todo lo que podía inquietarla. Que
le gustaría morirse mientras dormía porque le gustaba mucho dormir. Que solo sentía
el susto que se llevaría mi hermana cuando la encontrase frita al día siguiente, al acudir a casa si no respondía al teléfono a medio día. Y que no quería
marchar antes que mi tío Joaquín, su hermano, porque no quería dejarnos “tal pancho” a nosotras. Le había prometido a
mi abuela que se ocuparía de él…
Y me aclaró que era la mejor etapa de su vida porque no tenía problemas, no tenía dolores y cuando aparecía alguno ahí estaba el paracetamol para resolver. Nada necesitaba y si tuviera algún capricho, que no tenía, tenía cuatro ahorros para hacerse con ello. Y , ya el colmo, hacía lo que quería sin tener que dar explicaciones a nadie.
Después
de la confesión, aquel día le dí las gracias al marchar. Le dije que iba a
verla con la intención de proporcionarle tranquilidad y , sin embargo, era ella
quien me la daba a mí.Y empecé a verla con admiración. Me alegro de haberla descubierto a
tiempo...
Mi
tío se murió al final de un periodo de casi dos meses de empezar a marcharse.
Seis días después, durante la noche, se fue mi madre mientras dormía. La tarde
anterior se había pegado un atracón de bombones en compañía de una amiga de
juventud. Dejó empezada la lectura de un libro.
Buenas
noches.
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